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· Por Ricardo Torres Oliva

El mes cuatro

El piloto funcionó y el despliegue no avanza. No es falta de presupuesto: es que nadie presupuestó la diferencia.

Los proyectos de inteligencia artificial rara vez se abandonan en el mes uno. Se abandonan en el cuatro, y casi siempre por el mismo motivo.

Un piloto demuestra que algo puede funcionar: con datos elegidos, con el equipo que lo montó delante y con permiso implícito para que falle. Un despliegue exige que funcione cuando el que lo montó está de vacaciones, cuando los datos llegan como llegan de verdad, y cuando alguien de cumplimiento pregunta quién responde si se equivoca.

Son dos proyectos distintos. El segundo cuesta más que el primero y casi nadie lo presupuesta.

Las tres cosas que aparecen en el mes cuatro

Los datos reales. El piloto usó una extracción limpia. La operación usa lo que hay, con los campos vacíos, los duplicados y las excepciones que alguien resolvía a mano sin decírselo a nadie.

La responsabilidad. Mientras es piloto, si se equivoca no pasa nada. En producción, alguien tiene que poder decir qué se hace cuando el sistema falla, quién lo detecta y en cuánto tiempo. Si esa respuesta no existe, el despliegue se para ahí — y hace bien en pararse.

La dependencia. El piloto lo sostiene quien lo construyó. Si al llegar a producción sigue dependiendo de esa persona, no se ha implementado un sistema: se ha contratado a alguien de forma indirecta.

Cómo se evita

No prometiendo menos, sino escribiendo antes los criterios de salida de cada fase: qué tiene que ser cierto para que esta fase se dé por cerrada, y quién lo verifica. Una fase que no puede enunciar su criterio de salida no está lista para empezar.

Es la parte aburrida. También es la que separa un piloto de un sistema.

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